La generación perdida del autismo: «Hasta los 40 pensé que estaba rota»
David Fuente supo que era autista a los 35 años . Antes de eso, se pasó la vida pensando que era el raro, el distinto, el niño que hacía cosas de mayores cuando aún no tocaba y soltaba a la cara verdades sin ningún filtro. Practicaba el mutismo, nunca encendía la luz porque no la necesitaba y pensaba que los demás estaba sordos por el volumen al que hablaban. En la adolescencia fue cambiando de grupo de amigos, sin encontrar su sitio, sin formar un vínculo fuerte, porque no sabía cómo funcionaban las amistades. «Era como un extraterrestre, porque al final sientes que estás en otro planeta, que este mundo no está hecho para ti », explica.La sospecha de que tenía TEA (Trastorno del Espectro Autista) -la «explosión», como lo cuenta él- llegó cuando entró al mundo laboral. Pese a aprobar unas oposiciones y ejercer como funcionario público en un colegio, llegó a cambiar hasta tres veces de destino y encadenó bajas laborales. El choque no estaba tanto en la tarea como en todo lo que la rodeaba: los ruidos, las interrupciones, la improvisación, las conversaciones cruzadas, la obligación permanente de interpretar a los demás. «Yo puedo estar en mi casa trabajando 50 horas seguidas con una
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